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Cada vez que un humorista desaparece de la faz de la tierra, algo desde muy adentro parece gritarnos con el Chapulín: “Y ahora ¿quién podrá defendernos de la tristeza, de la amargura, del aburrimiento?”
Los niños se reían con las ocurrencias del Chavo del 8, las peleas de La Chilindrina y las pataletas de Quico. Los grandes gozaban con las bravuconadas de Ron Damón. Las viejas se veían retratadas en doña Clotilde, la bruja del 7| porque, como ella, se enamoran de algún amor imposible. Las menos viejas hacían chulito y cruzaban los dedos para que el amor difícil del profesor Jirafales y doña Florinda fuera una realidad.
Dicen que de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco, y tal vez por eso, los chiflados Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda nos dejaban boquiabiertos con sus locuras y sus chiripiorcas.
-Oye, Chaparrón, a propósito de unicornios parlanchines, la gente anda diciendo que tú y yo estamos locos, Lucas.
-Estás en lo cierto
-Oye, Lucas
-Dígame, licenciado
-Licenciado.
-Gracias, muchas gracias.
No hay de queso, no más de papa.
Los médicos tenían su doble en el doctor Chapatín, los carteros en Jaimito y los cobradores en el señor Barriga. Es decir, que todos los seres humanos, en sus diversos oficios, estaban de cuerpo entero en los cuadros pintorescos de Chespirito. Y ese es uno de los grandes méritos de la obra humorística de Roberto Gómez Bolaños.: El saber retratar a la humanidad en sus aparentemente inocentes pinceladas costumbristas.
Otro mérito de su obra fue la ironía, con la cual se puso de ruana a los héroes que siempre han pululado en las pantallas del cine y de la televisión y en las páginas de muchos comics. Con la mayor seriedad del momento, Chapulín Colorado nos hacía reír porque las cosas le salían mal, pero así era porque “todos sus movimientos estaban fríamente calculados”.
Pero tal vez, la mayor importancia de los diversos personajes de Chespirito era su humor blanco, su inocencia, su visto bueno para todos los públicos. Jamás en las creaciones de Chespirito se leería aquello de nuestra televisión: “Contiene escenas de sexo y de violencia. Se recomienda ser vista en compañía de adultos”.
Al contrario, parecería recomendar a los adultos que vieran al Chapulín en compañía de los niños, para reír y gozar y brincar, sin malicia alguna. Para volver a ser niños, algo que nos agobia porque nos volvimos muy solemnes.
Falta nos van a hacer los personajes de la vecindad de El Chavo. Falta nos van a hacer los loquitos Chaparrón y Lucas. Falta nos va a hacer Chespirito. Pero indudablemente, mucha, mucha falta le va a hacer al mundo actual, Chapulín con su chipote chillón, para darle duro a la amargura, a la envidia, al resentimiento, a la violencia, que nos carcome y no nos deja vivir en paz.
Ojalá podamos seguir sonriendo durante muchos años con las ocurrencias simples, simpáticas y sabias de este escritor, actor y autor, que alguna vez fue boxeador, pero que cambió los guantes por la difícil virtud de alegrarles la vida a los demás.
Los niños se reían con las ocurrencias del Chavo del 8, las peleas de La Chilindrina y las pataletas de Quico. Los grandes gozaban con las bravuconadas de Ron Damón. Las viejas se veían retratadas en doña Clotilde, la bruja del 7| porque, como ella, se enamoran de algún amor imposible. Las menos viejas hacían chulito y cruzaban los dedos para que el amor difícil del profesor Jirafales y doña Florinda fuera una realidad.
Dicen que de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco, y tal vez por eso, los chiflados Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda nos dejaban boquiabiertos con sus locuras y sus chiripiorcas.
-Oye, Chaparrón, a propósito de unicornios parlanchines, la gente anda diciendo que tú y yo estamos locos, Lucas.
-Estás en lo cierto
-Oye, Lucas
-Dígame, licenciado
-Licenciado.
-Gracias, muchas gracias.
No hay de queso, no más de papa.
Los médicos tenían su doble en el doctor Chapatín, los carteros en Jaimito y los cobradores en el señor Barriga. Es decir, que todos los seres humanos, en sus diversos oficios, estaban de cuerpo entero en los cuadros pintorescos de Chespirito. Y ese es uno de los grandes méritos de la obra humorística de Roberto Gómez Bolaños.: El saber retratar a la humanidad en sus aparentemente inocentes pinceladas costumbristas.
Otro mérito de su obra fue la ironía, con la cual se puso de ruana a los héroes que siempre han pululado en las pantallas del cine y de la televisión y en las páginas de muchos comics. Con la mayor seriedad del momento, Chapulín Colorado nos hacía reír porque las cosas le salían mal, pero así era porque “todos sus movimientos estaban fríamente calculados”.
Pero tal vez, la mayor importancia de los diversos personajes de Chespirito era su humor blanco, su inocencia, su visto bueno para todos los públicos. Jamás en las creaciones de Chespirito se leería aquello de nuestra televisión: “Contiene escenas de sexo y de violencia. Se recomienda ser vista en compañía de adultos”.
Al contrario, parecería recomendar a los adultos que vieran al Chapulín en compañía de los niños, para reír y gozar y brincar, sin malicia alguna. Para volver a ser niños, algo que nos agobia porque nos volvimos muy solemnes.
Falta nos van a hacer los personajes de la vecindad de El Chavo. Falta nos van a hacer los loquitos Chaparrón y Lucas. Falta nos va a hacer Chespirito. Pero indudablemente, mucha, mucha falta le va a hacer al mundo actual, Chapulín con su chipote chillón, para darle duro a la amargura, a la envidia, al resentimiento, a la violencia, que nos carcome y no nos deja vivir en paz.
Ojalá podamos seguir sonriendo durante muchos años con las ocurrencias simples, simpáticas y sabias de este escritor, actor y autor, que alguna vez fue boxeador, pero que cambió los guantes por la difícil virtud de alegrarles la vida a los demás.
