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Vida
Cóndor herido lucha por alzar el vuelo
Es la primera vez que en Norte de Santander se hace un procedimiento de este tipo para que un cóndor pueda volver a volar.
Lunes, 1 de Diciembre de 2014

Los gallos anunciaron que la fría noche estaba terminando y los primeros rayos de sol despuntaron en los peñascos donde vive el dueño y señor del cielo: el Cóndor de los Andes, ave insignia de Colombia, especie en vía de extinción.

José Gregorio se despertó con el cacareo, tiró la cobija de lana a un lado y se puso las botas para ir a sacar el ganado a pastar. Eso sí, primero se tomó el acostumbrado tinto hecho con aguapanela, como lo prefieren los campesinos de pura cepa.

Antes de que José saliera de su casa, en lo alto del peñasco, el más joven de los cóndores que allí anidan se había decidido a dar uno de sus primeros vuelos.

La aventura en búsqueda de alimento había comenzado y descendió a la parte baja de la vereda El Roble. Sin embargo, su inexperiencia para surcar los cielos jugó en su contra. Los vientos cruzados lo tiraron de lado contra una torre de energía.

José Gregorio caminaba por los potreros de la finca Vaca Blanca. A lo lejos escuchó unos quejidos y por un momento la piel se le erizó, justo a él, curtido en las labores del campo.

La curiosidad lo hizo desviar de su ruta al establo y tras varios minutos de intensa caminata, vio un bulto negro tirado junto a la torre. El cóndor no paraba de quejarse, no intentó volar.

José Gregorio dio la alerta a su primo Ramiro Serrano y él llamó a la Policía de Villa Caro, dónde pidieron el apoyo de Corponor.

A José Gregorio las vacas se le habían olvidado. A Ramiro el hecho le causó conmoción y dijo: ¡Parece increíble!, desde mi casa veo como los cóndores descienden y ascienden con imponencia.

“Hay días en que vemos uno solo, otros dos, lo cierto es que nunca aparecen más de seis y jamás había tenido uno tan cerca”.

De El Roble al centro de Villa Caro hay 10 minutos en carro por una vía sin pavimentar y del municipio a Ocaña hay 99 kilómetros. Desde allí habían enviado expertos en manejo de aves.

Ramiro para alegrar el momento empezó a cantar: “si yo pudiera, alzar el vuelo, alzar el vuelo como hace el cóndor que vuela alto muy alto, me fuera lejos, pero bien lejos…”, letra de la canción El cóndor herido de Diomedes Díaz.

Tras varias horas de espera la ayuda había llegado. El cóndor, decaído por las heridas, no opuso resistencia… eso sí, no paró de quejarse y el ala derecha parecía desprendida.

Lo pusieron en una caja de cartón con algunos orificios para que respirara. Su destino, el hogar de paso de fauna silvestre de Corponor en El Zulia. El atardecer de aquel siete de noviembre no fue el mismo en El Roble. Un hijo de aquella tierra luchaba por su vida.

Tras 142 kilómetros de recorrido llegó a El Zulia, donde fue recibido por Samir León Restrepo, quien estaba a cargo del hogar de paso. El cóndor fue internado en un cuarto con aire acondicionado, para que no extrañara los 18 grados de El Roble.
 

Triple fractura


Antes de que el día feneciera, Samir tomó el teléfono y llamó al veterinario Sergio Colmenares. Tras varios ring ring… el galeno respondió y dijo: mañana a primera hora estoy allá.

Muy temprano salió de Cúcuta. El primer diagnóstico, tras palpar el ala derecha, era que tenía una fractura. Sin embargo, sugirió hacerle rayos X.

En el hogar de paso no podían hacerle el procedimiento. El cóndor fue trasladado a la clínica Mascovet de Cúcuta, donde se comprobó el dictamen inicial. El ala quedó destruida en tres partes.

Las opciones eran dos, amputar o practicar una osteosíntesis para unir los huesos. Al ser un cóndor joven, macho y de no más de seis meses de nacido, el médico optó por la segunda opción.

En el ala se le implantaron cinco clavos de acero quirúrgico de 1 kilo de peso –el cóndor pesa 9 kilogramos–. Luego del procedimiento le tomaron una nueva placa y el hueso no estaba alineado, pero por la complejidad de las fracturas, quedó lo más funcional posible.

Para intervenirlo quirúrgicamente fue necesaria la participación de tres médicos. Junto a Colmenares estuvieron Ramón Parada y Carlos Moncada. Tras estabilizarlo fue llevado al hogar de paso, donde permanece rodeado de naturaleza.

 

 

‘Y no me quiero morir…’


Los primeros días después de la cirugía, al cóndor le fueron dadas pastillas de Fynadine dentro de mollejas de pollo. El antibiótico curó la infección y ayudó a desinflamar.

Diariamente al hijo de El Roble… extrañado por José Gregorio y Ramiro, le dan una ración de 300 gramos de carne. En condiciones naturales un cóndor puede ingerir hasta 5 kilos de carne al día. Sin embargo, la meta es que retorne a su hábitat y no quieren engordarlo demasiado.

El cóndor está estable y debe esperar 40 días para que le quiten los clavos. El galeno Colmenares dice que si José Gregorio no hubiera alertado, el cóndor hubiera muerto de hambre o presa de algún felino. La zona es habitada por pumas y tigrillos.

Ahora, el cóndor está en una lucha por alzar el vuelo. Una vez le quiten los clavos le harán pruebas para ver la funcionalidad del ala. Si es capaz de volar podrá conseguir alimento en el campo.

Si la recuperación es exitosa, será liberado en El Roble. Si ocurre lo contrario, deberá quedarse a vivir en el hogar de paso. Sin embargo, el milagro de la vida es un hecho, más si se tiene en cuenta que los cóndores para reproducirse ponen cada dos o tres años un solo huevo.

Y mientras los días pasan y el cóndor se fortalece, José Gregorio y Ramiro esperan con ansias el día de la liberación. Mientras la hora llega, anhelan que la letra de la canción de Diomedes Díaz se cumpla: “Ay… y no me quiero morir, porque me duelen mis hijos… mejor me voy, mejor me voy como hace el cóndor herido”.

 

 

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