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Esta será una columna breve, de fin de año. Una columna light, baja de azúcar, en la que no hablaré mal de nadie. Sólo quiero reflexionar sobre lo que ha significado para mí escribir Vía Libre en estos últimos doce años. Una columna que, de alguna manera, se ha convertido (y sin proponérmelo) en el hueso de la aceituna de las instituciones políticas, religiosas o militares. “Somos los huesos de la aceituna en el plato vacío”, decía hace poco Kiko Veneno, en una entrevista para El País, de España. El hueso de la aceituna, los pelos en la bañera, eso que incomoda como una piedrecilla en el zapato. Y este será el título de una selección de columnas sobre política, crítica literaria y perfiles de escritores que publicaré en el 2013.
En esta columna se han denunciado tanto los crímenes de los paramilitares como los excesos de la guerrilla. Y la imbecilidad de la iglesia. Y los malos poetas. Los militares y sus falsos positivos. La policía y el contubernio con grupos al margen de la ley. El narcotráfico que está en todas partes y elige presidentes. Las desapariciones forzadas. He escrito prácticamente contra todo lo que ejerce una influencia negativa en la vida cotidiana. Incluso contra esa invención teológica que ha servido para que nos matemos los unos contra los otros a lo largo de la historia: el Dios de los ejércitos cuyas manos están encostradas de sangre.
Este año que termina escribí más sobre política que sobre arte (cosa que lamento mucho) pero siempre sujeto a eso que Max Weber llama “ética de la convicción” intelectual que se diferencia un poco de la “ética de la responsabilidad”. No sé cuántas columnas habré escrito en estos últimos doce años pero supongo que todas hablan de lo mismo: uno siempre se repite. La realidad se repite. La historia es cíclica y rabiosamente predecible.
Nada cambia. ¿Nada? Una situación por muy mala que esté siempre tiende a empeorar. Nuestra historia dejó de ser comedia para convertirse en tragedia. Shakespeare dijo en Macbeth que la vida es una historia contada por un idiota llena de ruido y furor y que además esa historia no significa nada. Hemos tenido idiotas en las alcaldías, gobernaciones, concejos municipales, senado, presidencia de la república y por eso es que no logramos salir de este hueco de campanario en que estamos empozados. El idiota tiene poder.
Y por decir eso (que además es una obviedad) he sido amenazado, demandado, perseguido, insultado. Me han bloqueado mis cuentas de hotmail, y un columnista de este diario, en el grado más alto de su idiotez, se lució con una demanda penal por injuria y calumnia en la que me pedía 500 millones de pesos de indemnización y cárcel por haberlo cuestionado.
Uno escribe contra eso, ya digo, y sin quererlo, se convierte en el hueso de las aceitunas.
En esta columna se han denunciado tanto los crímenes de los paramilitares como los excesos de la guerrilla. Y la imbecilidad de la iglesia. Y los malos poetas. Los militares y sus falsos positivos. La policía y el contubernio con grupos al margen de la ley. El narcotráfico que está en todas partes y elige presidentes. Las desapariciones forzadas. He escrito prácticamente contra todo lo que ejerce una influencia negativa en la vida cotidiana. Incluso contra esa invención teológica que ha servido para que nos matemos los unos contra los otros a lo largo de la historia: el Dios de los ejércitos cuyas manos están encostradas de sangre.
Este año que termina escribí más sobre política que sobre arte (cosa que lamento mucho) pero siempre sujeto a eso que Max Weber llama “ética de la convicción” intelectual que se diferencia un poco de la “ética de la responsabilidad”. No sé cuántas columnas habré escrito en estos últimos doce años pero supongo que todas hablan de lo mismo: uno siempre se repite. La realidad se repite. La historia es cíclica y rabiosamente predecible.
Nada cambia. ¿Nada? Una situación por muy mala que esté siempre tiende a empeorar. Nuestra historia dejó de ser comedia para convertirse en tragedia. Shakespeare dijo en Macbeth que la vida es una historia contada por un idiota llena de ruido y furor y que además esa historia no significa nada. Hemos tenido idiotas en las alcaldías, gobernaciones, concejos municipales, senado, presidencia de la república y por eso es que no logramos salir de este hueco de campanario en que estamos empozados. El idiota tiene poder.
Y por decir eso (que además es una obviedad) he sido amenazado, demandado, perseguido, insultado. Me han bloqueado mis cuentas de hotmail, y un columnista de este diario, en el grado más alto de su idiotez, se lució con una demanda penal por injuria y calumnia en la que me pedía 500 millones de pesos de indemnización y cárcel por haberlo cuestionado.
Uno escribe contra eso, ya digo, y sin quererlo, se convierte en el hueso de las aceitunas.
