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No puedo decir que los muchachos de ahora –nuestros hijos- van a la escuela –al colegio- con la misma alegría con que íbamos a clases los muchachos de hace ya varias décadas. Los tiempos cambian, y también las costumbres.
Nos gustaba ir a la escuela, no tanto por aprender, que al fin y al cabo eso era lo que menos nos importaba, sino por algunas ventajas que nos daba el hecho de ser los escolares del pueblo. Para empezar, cada vez que comenzaba el año escolar, nos vestían muy bien vestidos.
No nos exigían uniforme ni llevar muda nueva, pero debíamos ir bien aseados, camisa limpia aunque fuera remendada y pantalón corto, pero lavado y planchado. En cambio quienes no iban a la escuela eran muchachos desgreñudos, descuidados en el vestir, sucios, que llevaban las vacas al potrero o repartían los litros de leche o tenían que dsyerbar las calles.
Es decir, les tocaba trabajar, en tanto que los escolares éramos los consentidos de la vida.
Ir a la escuela significaba ser dueños de una mochila de trapo –cosida por la mamá-, donde echábamos nuestra pizarra, nuestra cartilla La Alegría de leer, la citolegia y un cuaderno que regalaba el Ministerio de Educación Nacional con el letrero Prohibida la venta, y un mapa de Colombia y las tablas de multiplicar en la contraportada.
Junto con el trompo y el runcho y la pelota de letras, éstas eran nuestras pertenencias, que llevábamos con orgullo y que no poseían los que no iban a la escuela.
A la media mañana y a la media tarde, nos daban una salida y los escolares nos regábamos corriendo y gritando por las calles hacia nuestras casas, en busca del pan y el pocillo de agua miel, que fortalecerían nuestras fuerzas intelectuales para seguir aprendiendo aquello de la eme con la a ma.
Devorábamos las onces en un santiamén, porque en la plaza del pueblo nos esperaba media hora de juego. Jugábamos al Gato y al ratón, a la Lleva, a los Bandidos, a la Estatua y a la pelota.
Los miércoles en la tarde nos llevaban al río y la fiesta era indescriptible, para gozo nuestro y envidia de los no estudiantes. Cada mes, los maestros organizaban un paseo de día entero, a alguna finca cercana, a hartarnos de frutas, a preparar entre todos el sancocho, a jugar los juegos del campo. Y los domingos íbamos a misa, uniformados (pantalón negro y camisa blanca).
Celebrábamos las fiestas patrias con veladas en la plaza. Recitaciones, cantos, relatos y sainetes congregaban a todo el pueblo y había paz y alegría y la escuela marcaba la pauta en la vida cultural de aquella villa.
Pero no se crea que la cosa sólo era mamey. Existía también la famosa férula, o regla ahuecada con la que el maestro castigaba por no hacer las tareas o por no habernos aprendido las tablas de multiplicar al derecho y al revés. Quien reincidiera en alguna falta, quedaba privado de la salida al recreo a la plaza y del baño de los miércoles en el río. Existía, además, el rincón de los castigos, donde el alumno debía permanecer de rodillas un buen tiempo, según la falta cometida.
Pero así y todo, ir a la escuela era sabroso. Y se estudiaba todo el día. Y las escuelas eran separadas, para varones y para niñas. No puedo decir si ello era bueno o era malo, pero los tiempos eran mejores. ¡Por algo sería!
Nos gustaba ir a la escuela, no tanto por aprender, que al fin y al cabo eso era lo que menos nos importaba, sino por algunas ventajas que nos daba el hecho de ser los escolares del pueblo. Para empezar, cada vez que comenzaba el año escolar, nos vestían muy bien vestidos.
No nos exigían uniforme ni llevar muda nueva, pero debíamos ir bien aseados, camisa limpia aunque fuera remendada y pantalón corto, pero lavado y planchado. En cambio quienes no iban a la escuela eran muchachos desgreñudos, descuidados en el vestir, sucios, que llevaban las vacas al potrero o repartían los litros de leche o tenían que dsyerbar las calles.
Es decir, les tocaba trabajar, en tanto que los escolares éramos los consentidos de la vida.
Ir a la escuela significaba ser dueños de una mochila de trapo –cosida por la mamá-, donde echábamos nuestra pizarra, nuestra cartilla La Alegría de leer, la citolegia y un cuaderno que regalaba el Ministerio de Educación Nacional con el letrero Prohibida la venta, y un mapa de Colombia y las tablas de multiplicar en la contraportada.
Junto con el trompo y el runcho y la pelota de letras, éstas eran nuestras pertenencias, que llevábamos con orgullo y que no poseían los que no iban a la escuela.
A la media mañana y a la media tarde, nos daban una salida y los escolares nos regábamos corriendo y gritando por las calles hacia nuestras casas, en busca del pan y el pocillo de agua miel, que fortalecerían nuestras fuerzas intelectuales para seguir aprendiendo aquello de la eme con la a ma.
Devorábamos las onces en un santiamén, porque en la plaza del pueblo nos esperaba media hora de juego. Jugábamos al Gato y al ratón, a la Lleva, a los Bandidos, a la Estatua y a la pelota.
Los miércoles en la tarde nos llevaban al río y la fiesta era indescriptible, para gozo nuestro y envidia de los no estudiantes. Cada mes, los maestros organizaban un paseo de día entero, a alguna finca cercana, a hartarnos de frutas, a preparar entre todos el sancocho, a jugar los juegos del campo. Y los domingos íbamos a misa, uniformados (pantalón negro y camisa blanca).
Celebrábamos las fiestas patrias con veladas en la plaza. Recitaciones, cantos, relatos y sainetes congregaban a todo el pueblo y había paz y alegría y la escuela marcaba la pauta en la vida cultural de aquella villa.
Pero no se crea que la cosa sólo era mamey. Existía también la famosa férula, o regla ahuecada con la que el maestro castigaba por no hacer las tareas o por no habernos aprendido las tablas de multiplicar al derecho y al revés. Quien reincidiera en alguna falta, quedaba privado de la salida al recreo a la plaza y del baño de los miércoles en el río. Existía, además, el rincón de los castigos, donde el alumno debía permanecer de rodillas un buen tiempo, según la falta cometida.
Pero así y todo, ir a la escuela era sabroso. Y se estudiaba todo el día. Y las escuelas eran separadas, para varones y para niñas. No puedo decir si ello era bueno o era malo, pero los tiempos eran mejores. ¡Por algo sería!
