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Editorial
¿Cuál no violencia?
Al menos en la teoría, el principio de la no violencia era central en la enseñanza del budismo.
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Lunes, 22 de Abril de 2019

Hablar de budismo es hablar de no violencia, de paz, de respeto definitivo al otro. Nada más contradictorio que asociar a esta religión filosófica y espiritual con violencia. Budismo y violencia son como agua y aceite: jamás se mezclan. Al menos en la teoría, el principio de la no violencia era central en la enseñanza del budismo.

En la práctica era lo mismo, hasta hace pocos meses, cuando ciertos monjes de Sri Lanka comenzaron a ser acusados de promover la hostilidad contra algunas creencias y minorías étnicas. Seguían, en cierto modo, algunas prácticas adoptadas por budistas de Myanmar, que involucraron a la premio Nobel de Paz Aung San Suu Kyi en el duro éxodo de miles de rohinyá musulmanes hacia la vecina Bangladesh.

El budismo es tajante en su condena de la violencia. No es posible encontrar una sola oración en sus escrituras canónicas que pueda interpretarse como un estímulo para infligir daño a otros. No hace diferencia entre matar en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Para esa religión no hay guerras “justas” o “sagradas”. Tampoco hay equivalente a exigir ojo por ojo, y sus enseñanzas evitan toda forma de venganza, ya sea personal o legal, como la pena de muerte.

¿Entonces, qué ha pasado? Lo anterior significa que la sal se corrompió, y que si al budismo ahora se le puede identificar con la violencia, no se sabe en dónde ubicar a las organizaciones terroristas del islam, como Isis, Al Qaeda y otros, que hicieron del terror implacable una religión…

Las consecuencias de ese trastrocamiento de valores y principios filosóficos y religiosos se viven en el mundo entero. Si los pacíficos budistas, guiados por el grandulón Galahoda Aththe Gnanasara Thero, un monje de Myanmar que habla de budismo en términos de raza, borraron el no de su lema de no violencia, ¿qué hacer con los demás, capaces, como en Sri Lanka, de bombardear iglesias católicas y de matar a centenares de inocentes feligreses que se deseaban paz unos a otros?

Casi 300 muertos y decenas y decenas de heridos son el testimonio de que el discurso de la no violencia probablemente ya no volverá a existir como bandera de nadie, porque nadie parece dispuesto a demostrar aunque sea algo de tolerancia…

La violencia parece ser, ahora, el medioambiente de la política, mezclada con religión y filosofía supremacista, ya no del blanco, sino de cualquier grupo humano que desprecie a otro y que le tema. Porque es el miedo el que lleva al salvajismo que se vivió el domingo de Pascua en Sri Lanka. Miedo a lo conocido y a lo desconocido, miedo al otro, al diferente, al extranjero, al que no habla como nosotros…

En Colombo, la capital de Sri Lanka, Galahoda Aththe habla a diario a miles de cingaleses (la etnia 75 por ciento mayoritaria del país) sobre la Bodu Bala Sena (BBS) o Fuerza del Poder Budista, que adorna con palabras que contienen mensajes poderosos como el de señalar que el gobierno de Sri Lanka fue creado por budistas cingaleses y debe seguir siéndolo, porque en un país cingalés el gobierno debe ser cingalés.

Si se quedara allí en su filosofía, podría pensarse en que tiene algo de razón, pero para este monje y sus fieles, ‘los valores democráticos y pluralistas están matando a la raza cingalesa’, y actúa en consecuencia. Y, así, cualquier cosa que no sea compatible con los postulados, deberá desaparecer, incluso con la violencia.

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