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De cómo el viento se enamoró de Cúcuta…
Ológrafo.
Lunes, 10 de Junio de 2024

El viento es un poema natural con inspiración viajera, con palabras aladas que recorren el mundo contando la leyenda de su dios, Eolo, y anunciando las voces universales que giran en torno a la esperanza.

Trae y lleva voces del Himalaya, se sienta a meditar en un oasis del Sahara, fertiliza la Amazonía, direcciona los mares y encumbra la majestad solemne de las montañas, con la serenidad de las estrellas.

Su alma está hecha de mariposas para pintar de colores su silencio andariego, y de nubes que se enlazan en manantiales y paraisos imaginarios, o se envuelven en una sutil neblina que guarda en el viejo Faro de Malta.

Cuando pasa por un lago sacude el polvo del camino, se mira fugazmente en el espejo del agua, busca la transparencia de la belleza, se nutre de auroras y sale a fascinar al horizonte, a seducirlo, para que -juntos- vuelen hacia el infinito.

Le encantan las rutas de los Monzones o los Alisios, las que vienen inciertas de los polos y las peregrinas, esas que salen de oriente en una alfombra mágica y cultivan su lejanía arrullando nostalgias.

Pero un junio de estos llegó a Cúcuta cansado, iluso, y halló un hogar azul, con mañanas clarísimas, cabellos bonitos que ondear, cometas para volar, sonrisas privilegiadas y un amor secreto que esconde, sigiloso, en el Cerro Tasajero…   

Desde entonces, galopa las distancias y tupe los hilos de su red de sombras con destellos del Faro del Catatumbo, mientras una mirada esplendorosa lo redime de su tristeza… (Le voy a sonsacar al duende que lo acompaña el nombre de quien lo enamora…).


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